Esta foto la tomé la primera vez que me designaron “limpiador oficial de pocetas” del restaurante que más tarde, irónicamente, dirigí como jefe. Se la envié a mi mamá por un mensaje de WhatsApp, diciéndole “mira qué giros da la vida; hace cuatro meses era coordinador de cátedra en una universidad pública en Venezuela y ahora estoy dialogando solo, dentro de un baño que huele a mierda”.
Al paso de cinco minutos, me llegó su respuesta: Figuras de caritas en lágrimas. Nada más. Esperé. Nada. Las circunstancias nos habían dejado mudos a ambos, por lo que apagué el teléfono y comencé a restregar. Jabón. Cloro. Pastillas desinfectantes. Agua caliente. Restregar. Así fue durante meses. Restriega, Gianni, hasta que quede bien prolijo, reluciente. Lo hacía con fuerza, recuerdo, como si la presión y rapidez de movimientos desahogara una especie de rencor interior; rabia por un país que, aparte de haberme echado al extranjero, sustituyó mis bolígrafos de estudios por materiales de conserjería.
Al paso de cinco minutos, me llegó su respuesta: Figuras de caritas en lágrimas. Nada más. Esperé. Nada. Las circunstancias nos habían dejado mudos a ambos, por lo que apagué el teléfono y comencé a restregar. Jabón. Cloro. Pastillas desinfectantes. Agua caliente. Restregar. Así fue durante meses. Restriega, Gianni, hasta que quede bien prolijo, reluciente. Lo hacía con fuerza, recuerdo, como si la presión y rapidez de movimientos desahogara una especie de rencor interior; rabia por un país que, aparte de haberme echado al extranjero, sustituyó mis bolígrafos de estudios por materiales de conserjería.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario